El oficio literario demanda método y templanza frente a la hoja en blanco, que nunca debe vivirse como un problema, sino como una oportunidad. Ella siempre es un territorio virgen donde se pueden crear las más increíbles historias. Pero para ello hacen falta voluntad, disciplina y ganas de jugar. Esta fórmula sirve para todos los géneros literarios, aunque en esta oportunidad vamos a hacer foco en el cuento y en uno de sus referentes más importantes a nivel mundial: Horacio Quiroga.
Quiroga, que nació en Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 está considerado como el segundo mejor cuentista Edgar Allan Poe. Quiroga, sin dudas recibió la influencia literaria de Poe y encontró en el modernismo y el naturalismo un lugar donde desarrollar un universo que combinó -con la precisión de un alquimista- lo fantástico y lo macabro.
El autor rioplatense, que también brilló en la dramaturgia y la poesía, escribió con una precisión técnica notable. Para él, el método era una herramienta vital dentro del proceso creativo. En 1927, algo de todo esto logró dejarlo plasmado en su célebre Decálogo del perfecto cuentista, un manifiesto de diez reglas que desmitifica el oficio de la narración breve y exige precisión e intensidad. Entre sus lecciones fundamentales destacan saber el final desde el principio sin improvisar, mantener una rigurosa economía de palabras sin adjetivar innecesariamente y controlar la emoción, dejando enfriar el sentimiento antes de evocarlo artísticamente en el papel.
Decálogo del cuentista perfecto
I Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
II Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes con domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: «Desde el río soplaba el viento frío»; no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver.
No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
FIN
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