Más allá de los reconocimientos artísticos o de las valuaciones críticas sobre la última película de Pedro Almodóvar: “Amarga Navidad”, la reciente obra del español, es una de las piezas con las que suelo trabajar con los autores que realizan sus procesos de escritura (mentoring, coaching literario, clínica de obra, acompañamiento de escritura, etc) en apalabrarte. El filme toca varios temas vitales que interpelan a todo escritor o escritora a la hora de enfrentarse a una obra: ¿Cuánto de lo que contamos sigue siendo verdad una vez que lo hemos narrado?

Pero este no es el único punto en cuestión que interpela a los escritores, ya que en ella aparecen temas como la construcción de los personajes, concepción o la aparición de los finales de las obras, la relación entre realidad y ficción y una pregunta que suele consumir mucho tiempo en aquellos que se enfrentan a sus primeros trabajos literarios: ¿Cuándo está la obra terminada? o dicho de una forma más literaria: ¿Cuándo es el momento de escribir la palabra FIN en nuestro texto?

Amarga Navidad utiliza un recurso que podríamos denominar “metaescritura”, parafraseando el concepto de “Metateatro” o “Metrateatralidad” (donde el teatro habla de sí mismo o se representa a sí).

Escribir es traicionar: la lección oculta de Almodóvar para quienes juntamos palabras

Sin dudas, el gran maestro del “teatro dentro del teatro” fue el escritor británico William Shakespeare. Su obra más famosa que apela a este recurso es Hamlet. Allí el protagonista contrata a una compañía de actores ambulantes para representar el asesinato de su padre, que se interpreta en una pieza interna que lleva el nombre de La ratonera y así exponer la culpa del rey Claudio. Pero esta no fue la única oportunidad donde Don William utilizó este recurso; también lo puso en juego en Sueño de una noche de verano y en La tempestad. Otros que continuaron el camino de Shakespeare fue un tal Pedro Calderón de la Barca (en El gran teatro del mundo, allí Dios actúa como el autor de la pieza y los hombres personifican los roles del Rey, el Rico y el Pobre). En Francia, quien levantó la bandera del metateatro fue Molière con su comedia La improvisación de Versalles. Aunque el gran continuador «clásico moderno» de esta tradición fue el autor italiano Luigi Pirandello. Su pieza teatral Seis personajes en busca de autor se convirtió en uno de los grandes hitos de este género. Allí los personajes interrumpen un ensayo real exigiendo que se cuente “su historia”.

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De Shakespeare a Almodóvar

De alguna manera, Pedro, el manchego universal, intenta, si se quiere, una vez más transitar por los laberintos shakesperianos. En este filme en cuestión (Amarga Navidad), el artista españolle da vida a un personaje -interpretado por Leonardo Sbaraglia, que es escritor-, que está escribiendo un guion para una película sobre una autora (que escribe un libro). La película, a quienes intentamos hacer arte, nos invita a repensar el acto creativo, la originalidad de la obra y el rol o la responsabilidad del artista en la obra.

Escribir es traicionar: la lección oculta de Almodóvar para quienes juntamos palabras

Ahora regresando a la pregunta inicial que motivó este artículo: ¿Cuánto de lo que contamos sigue siendo verdad una vez que lo hemos narrado? O dicho de otra forma: ¿Cuánto de realidad hay en nuestras ficciones? ¿Cada vez que contamos estamos ficcionalizando?

En verdad, en mí se me multiplican las preguntas y suelo invitar a los escritores con los que trabajamos sus procesos a que juguemos juntos, a preguntarnos y repreguntarnos cosas como estas: ¿Se puede hablar de lo que no se conoce? ¿Cuándo un personaje tiene vida propia? ¿Todos nuestros personajes son imágenes de otros o nuestras? ¿No son todos los personajes de nuestras obras pequeños nosotros en otras pieles o en otras letras? ¿El villano de nuestra historia no es nuestro villano? ¿Y los demás personajes? ¿No somos todos ellos desde nuestros ojos? Entonces, ¿cómo escritores nosotros estamos hablando de los demás o -siempre- hablamos de nosotros mismos?

Aquí la búsqueda no está en las respuestas, sino más bien en todo aquello que nos invita a repensarnos y que nos va quitando los lastres y nos permite concientizar aquello que no hacemos de forma “automática”. Este proceso es el que nos permite analizar, comprender para luego replicar o mejorar lo antehecho. Un proceso que sin dudas permite no sólo asimilar la práctica, sino también mejorarla de la mano de nuevas incorporaciones.

Escribir es traicionar: la lección oculta de Almodóvar para quienes juntamos palabras

La mayoría de la gente que llega a mí con ideas para novelas o cuentos o con textos escritos o en proceso de escritura suele partir de una historia real. En muchos casos, sienten que tienen algo importante que contar; y tratan de ser fieles a un recuerdo o al recuerdo de una historia. Es allí que suelo invitarlos a ficcionalizar o los desafío ante su idea de la verdad. ¿Existe la verdad? ¿Siempre contamos la misma historia? ¿O a cada uno de nuestros interlocutores le vamos creando nuevas versiones acordes con la realidad que estamos viviendo o con el interés de nuestro ocasional público? Dicho de otra forma, ¿cada vez que contamos una anécdota, una historia o un recuerdo elegimos las mismas palabras, contamos todo lo sucedido o hacemos alguna selección acorde al tiempo que tenemos para hablar, el interlocutor o nuestro estado de ánimo circunstancial? ¿Cuando estamos haciendo algo de esto o todo, no estamos “recreando” la historia? ¿No se trata de una nueva versión del hecho? ¿Esto no es una forma de ficcionalizar? De ser así, entonces, ¿no estamos siempre ficcionalizando todo cada vez que lo contamos o interpretamos para alguien?

Preguntas que nos invitan a trabajar nuestro proceso artístico y que impactan en nuestra obra.

El nuevo juego de Almodóvar

Volviendo a Pedro, el manchego universal, vuelve a jugar con nosotros. O tal vez, con él mismo. En esta obra, que muchos sostienen que se trata de su trabajo más confesional desde Dolor y gloria, nos presenta a Raúl (un Leonardo Sbaraglia que navega la ambigüedad con maestría) intentando reescribir la historia de Elsa (la inmensa Bárbara Lennie) -o tal vez, de alguna manera, la suya-. Y es ahí, en ese gesto de “corregir” la vida a través del teclado, donde Almodóvar nos planta su tesis más descarnada: toda memoria es, inevitablemente, un acto de ficción. ¡Touché!

Los que nos dedicamos a juntar palabras no podemos evitar pensar: ¿Existe la realidad sin edición? Y de existir esta de forma “cruda” (sin editar) ¿sería vivible? ¿Podría ser, tal cual, contada?

Escribir es traicionar: la lección oculta de Almodóvar para quienes juntamos palabras

La realidad, a mi entender, siempre necesita del relato para tener sentido y Almodóvar lo sabe; es por eso que en esta película toma el duelo —una muerte que ocurre en diciembre, en medio de las luces festivas— y lo pasa por el tamiz de su lente o de la máquina de escribir, primero la suya y luego por la de Sbaraglia (Raúl), para finalmente llevarla a la de la máquina del personaje del personaje.

¿Qué hace Raúl en la película sino lo que hacemos todos al recordar? Corta, pega, ilumina una zona oscura y deja en sombra lo que duele demasiado. “Olvidas que es una ficción y que soy yo la que elige el final”, le dispara uno de los personajes femeninos al protagonista. Una sentencia que bien podría estar tatuada en la frente del propio director o en la de cualquiera de nosotros que nos dedicamos a la escritura.

La película plantea que narrar es traicionar. Traicionar los hechos para ser fieles a la verdad emocional. Almodóvar parece meter a sus propios personajes en medio de un laberinto de espejos en donde unos parecen convertirse en el reflejo del otro, pero esto no acaba allí, ya que los propios protagonistas comienzan a discutir el guion dentro del guion y, por qué no, hasta llegan a desafiar la idea del autor “padre” (Almodóvar). Quizá en esta obra el gran Pedro nos invita a jugar con la idea de que escribir es traicionar y, tal vez, en esta oportunidad haya comenzado por hacerlo con él mismo.

Tal vez, uno de los mensajes que nos envía el autor es la idea que nos comparte —y con la cual coincido— de que la biografía no es lo que pasó, sino lo que decidimos contar que pasó. Es decir, la ficcionalización de un hecho o de una historia que nació de un hecho. Otra Almodóvar nos deja en medio de un laberinto de espejos. Perdiéndonos o tal vez encontrándonos en el reflejo de un reflejo o tal vez peor, el reflejo de un reflejo de un reflejo…

La verdad mentirosa

En mi práctica como coach de autores, veo muy a menudo este abismo: el miedo a “mentir” cuando uno escribe de sí mismo o sobre algo que lo tiene a uno como protagonista o testigo. Con la madurez de quien ya ha vuelto de todo, Almodóvar nos regala en Amarga Navidad una lección de libertad. La ficción no es lo contrario de la realidad; solo se trata de una herramienta para sobrevivir o quizá algo mucho menos pretencioso: un recurso para ordenar o reordenar o, tan sólo, resignificar.

Almodóvar, de la mano de su Navidad más amarga, tal vez nos quiera decir que la única verdad posible es la que se cuenta bien.

Por Leandro Murciego

Leandro Murciego (escritor y coach literario)

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