Pisar una escuela siempre sacude las estanterías de la memoria. Es una oportunidad para repensarse. Para los que somos hijos orgullosos de la educación pública, volver a habitar ese territorio no es un trámite; es un acto de profunda gratitud, un ejercicio necesario de reparación con el pasado y de fe ciega con el quehacer docente y con la lucha y el esfuerzo de sus jóvenes alumnes. Es seguir creyendo en el futuro, sin hacer a un lado este duro presente.
El otro día me pasó algo hermoso. No es lo habitual, al menos en mi recorrido. Me llegó una invitación directamente desde el fuego de un centro de estudiantes de una institución educativa del nivel medio. Que fueran les pibes, los que con su urgencia tan sana, fuesen los impulsores de la convocatoria para ir a hablar de poesía, identidad y memoria como constructos colectivos (en el marco de las actividades por la conmemoración de La Noche de los Lápices), era un estimulante e inusual reto -al que jamás le diría que no-.

Estar ahí, frente a más de doscientos alumnos y de un puñado de docentes con los ojos abiertos, te reconcilia con el mundo, al menos por un rato. La vida se vuelve, de repente, un lugar un poco más habitable, menos frío e indiferente.
La reunión fue en una suerte de zoom, les estudiantes y sus docentes se fueron ubicando en las tres gradas, en las sillas y en el suelo. Había silencio y expectación -lo que no es poco-. Por lo general, es preciso captar la atención, allí algo sucedía per sé. O, mejor dicho, por el trabajo realizado de centro de estudiantes, alumnes y docentes.
El frío se rompió en minutos y, rápidamente, se sumaron al juego. Comenzaron a participar, a construir de manera colectiva la actividad. El objetivo era pensar y repensar juntes conceptos como identidad, como memoria, y comenzar a reconstruir el roll activo en la búsqueda y en la confección y sostenimiento del recuerdo. Recordar era la consigna. Volver a pasar por el corazón, una y otra vez. Hacer propia la historia. Darle vida. Habitarla para resignificarla juntos.

Al rato, que no fue mucho, les pibes le fueron poniendo palabras al silencio. Haciendo propia la actividad y también la historia. Así fueron diciendo quiénes eran, qué querían hacer, cómo podrían colaborar para que les otres (sus compañeres) cumplieran con sus sueños. Fueron dándole marco a la construcción de la memoria, fueron tejiendo juntos el recuerdo, le pusieron valor o, al menos, fueron interpelando la importancia cotidiana del ejercicio de hacer memoria.
Poco después estaban compartiendo historias familiares, debí haber escrito «también propias», de los años de plomo. A un recuerdo familiar, le sumaron otro, otro más y se fueron encontrando en las coincidencias. Y se fueron reconociendo en las heridas de una sociedad aún sufriente. Historias que aún duelen, pero -por lo general- puertas adentro. Cada participación era una soga, que de poco era cruzada por otra y finalmente se unían en un nudo. La charla se convirtió en la excusa para ir tejiendo una red. Y así el pasado ya no quedaba lejos ni aislado.

Sin dudas, al menos para mí, fue un oasis en medio de este desierto llamado presente. Entre el murmullo y el respeto, se fueron multiplicando las historias. Y nos conmovimos con el otre. Y fuimos armando un abrazo colectivo donde vibró la memoria, nuestra memoria, que está formada de cada una de las historias familiares y personales hasta formar una colectiva. Tan sólo de eso se trató el encuentro. Ni más ni menos.
La antología Memoreando
La antología MEMOREANDO, también, es un poco eso. Una hermosa excusa digital y gratuita que pusimos a rodar desde Apalabrarte, pero que en realidad ya no nos pertenece. Ese puente, que reúne unos 150 poemas de 60 artistas, nos permitió «memorear» juntes y mostrarnos la magia poética de la construcción colectiva, del tejido que hacemos entre todos para no olvidarnos de quiénes somos ni de dónde venimos. Tal vez, cada encuentro, en cada escuela, sea la muestra más acabada de que un texto nunca se termina en el punto final; sino que se completa recién cuando resuena en el pecho de alguien más.
A cada uno de los poetas que forman parte de esta antología, y a cada alma que abrió las puertas de esa institución (Escuela de Arte Cerámico N° 2 Fernando Arranz.): gracias por dejarme seguir agitando la bandera del arte, de la identidad, de la Memoria, de la Verdad y de la Justicia. El libro ya está ahí, libre, esperándolos.
Nota del autor: Hasta el momento, la charla-taller de Memoreando llegó a cerca de 1500 estudiantes de educación media.
Por Leandro Murciego

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